(1ª parte escrita por J.M.)
Realmente no le molestaba el hedor que exportaba el cuerpo, era desagradable sí, pero no era ello en sí lo que más le incomodaba, lo que verdaderamente le apenaba era tener que, ya de manera irremediable, deshacerse de su improvisado inquilino.
Se había habituado a su presencia de tal manera que su silenciosa compañía -como él siempre había deseado que fuera un compañero de piso- le resultaba reconfortante, pero lo cierto es que aquel aroma se iba adueñando poco a poco de la casa y pronto se querría escapar por debajo de la puerta o entre las ventanas y bajar las escaleras hasta dominar el portal. Y eso sí sería demasiado delatador.
Regresó a su plan original. Le angustiaba hasta límites insospechados tener que descuartizar un cuerpo pero, evaluadas con detenimiento todas las opciones, era la que ofrecía menos riesgos.
Bajó a comprar todo el material que él creía imprescindible para la disección del cuerpo.
En la ferretería de la esquina una sierra y tres juegos extras de cuchillas para la misma, además de dos grandes cuchillos; una caja de mascarillas de médico en la farmacia del Doctor Vacceo para, al menos, reducir en su apéndice nasal la insoportable fetidez que el occiso desprendía; y finalmente, en el chino que hace poco habían abierto en su calle, un gran plástico sobre el que tumbar el cadáver mientras lo desmenuzaba y bolsas de basura como recipientes de la futura mercancía.
Ya con todos los utensilios en su poder se dispuso a la faena.
El comienzo fue realmente desagradable, pero una vez fue capaz de separar la cabeza del resto del cuerpo incluso le fue cogiendo gusto.
La tarea resultó mucho más larga de lo que él creyó en un principio y aunque la primera hora pasó con su mente totalmente concentrada en el trabajo, poco a poco le fueron llegando diversos pensamientos, de muy diversa índole y de importancia relativa. Todos menos uno.
De repente pensó que no había escuchado a nadie comentar nada sobre la desaparición del muerto. Ni una noticia, ni un rumor, ni un cuchicheo. Tras casi una semana, nada.
Él era una persona más o menos conocida en el barrio y que conversaba a menudo con los vecinos y ninguno parecía haberse hecho eco de ninguna ausencia. Le sorprendía y a la vez le aliviaba. Pudiera ser que todo resultara mucho más sencillo de lo que en un principio parecía.
Una vez terminado de -como si fuera un puzzle del que te has cansado de mirar- desencajar las piezas, introdujo cada una de ellas en una bolsa de basura diferente.
La siguiente parte del plan era sencilla, día a día y en contenedores de basura diferentes, alojaría cada una de las bolsas con los restos del fiambre.
En 6 días –en cada bolsa una extremidad, otra para el tronco y otra más la de la cabeza- se habría desecho finalmente del difunto.
Habían transcurrido ya los 5 primeros días y todo marchaba como había planeado. Cada noche bajaba la basura como si tal cosa. Incluso la noche del turno del tronco se paró a saludar al vecino del 1º que volvía, sudoroso, de hacer footing (quizás el olor de su propio sudor le impidió darse cuenta de nada).
Hasta que a la mañana del sexto día, cuando tan sólo restaba la testa de ser eliminada, alguien, finalmente, preguntó por el muerto.
Llamaron al timbre, dos veces. Por la mirilla, al otro lado de la puerta, se veía un hombre ya mayor, con gafas de sol y semblante apenado. Desligando aquella visita de su crimen abrió la puerta confiado y preguntó al desconocido qué deseaba.
Éste le contó que desde hacía un par de semanas se había quedado solo en el mundo, que el ser que guiaba sus pasos había desaparecido sin dar señales de vida y que desde entonces nada tenía orden ni sentido para él. Desde aquel día iba casa por casa preguntando si alguien sabía algo de quien por él preguntaba.
Silencio fue lo único que obtuvo como respuesta.
Sin más asió con fuerza su bastón, dio media vuelta y comenzó, con lentitud y cuidado, a descender por las escaleras mientras un portazo tenue le despedía.
No había llegado aún al primer descansillo cuando de nuevo la puerta se abrió. La conciencia del asesino había sido la única testigo del crimen y le forzó a declararse culpable ante la real víctima del asunto.
Así, bolsa negra en mano, llamó al hombre desolado.
- ¡Oiga, buen hombre, espere! Yo sé algo de por quién usted pregunta. Bueno, en realidad, lo sé todo. No espero que me perdone y ni tan siquiera se lo pido, pues sé que es horrible lo que hecho, pero acépteme al menos que le devuelva, como señal de arrepentimiento, la cabeza de su perro lazarillo.
Realmente no le molestaba el hedor que exportaba el cuerpo, era desagradable sí, pero no era ello en sí lo que más le incomodaba, lo que verdaderamente le apenaba era tener que, ya de manera irremediable, deshacerse de su improvisado inquilino.
Se había habituado a su presencia de tal manera que su silenciosa compañía -como él siempre había deseado que fuera un compañero de piso- le resultaba reconfortante, pero lo cierto es que aquel aroma se iba adueñando poco a poco de la casa y pronto se querría escapar por debajo de la puerta o entre las ventanas y bajar las escaleras hasta dominar el portal. Y eso sí sería demasiado delatador.
Regresó a su plan original. Le angustiaba hasta límites insospechados tener que descuartizar un cuerpo pero, evaluadas con detenimiento todas las opciones, era la que ofrecía menos riesgos.
Bajó a comprar todo el material que él creía imprescindible para la disección del cuerpo.
En la ferretería de la esquina una sierra y tres juegos extras de cuchillas para la misma, además de dos grandes cuchillos; una caja de mascarillas de médico en la farmacia del Doctor Vacceo para, al menos, reducir en su apéndice nasal la insoportable fetidez que el occiso desprendía; y finalmente, en el chino que hace poco habían abierto en su calle, un gran plástico sobre el que tumbar el cadáver mientras lo desmenuzaba y bolsas de basura como recipientes de la futura mercancía.
Ya con todos los utensilios en su poder se dispuso a la faena.
El comienzo fue realmente desagradable, pero una vez fue capaz de separar la cabeza del resto del cuerpo incluso le fue cogiendo gusto.
La tarea resultó mucho más larga de lo que él creyó en un principio y aunque la primera hora pasó con su mente totalmente concentrada en el trabajo, poco a poco le fueron llegando diversos pensamientos, de muy diversa índole y de importancia relativa. Todos menos uno.
De repente pensó que no había escuchado a nadie comentar nada sobre la desaparición del muerto. Ni una noticia, ni un rumor, ni un cuchicheo. Tras casi una semana, nada.
Él era una persona más o menos conocida en el barrio y que conversaba a menudo con los vecinos y ninguno parecía haberse hecho eco de ninguna ausencia. Le sorprendía y a la vez le aliviaba. Pudiera ser que todo resultara mucho más sencillo de lo que en un principio parecía.
Una vez terminado de -como si fuera un puzzle del que te has cansado de mirar- desencajar las piezas, introdujo cada una de ellas en una bolsa de basura diferente.
La siguiente parte del plan era sencilla, día a día y en contenedores de basura diferentes, alojaría cada una de las bolsas con los restos del fiambre.
En 6 días –en cada bolsa una extremidad, otra para el tronco y otra más la de la cabeza- se habría desecho finalmente del difunto.
Habían transcurrido ya los 5 primeros días y todo marchaba como había planeado. Cada noche bajaba la basura como si tal cosa. Incluso la noche del turno del tronco se paró a saludar al vecino del 1º que volvía, sudoroso, de hacer footing (quizás el olor de su propio sudor le impidió darse cuenta de nada).
Hasta que a la mañana del sexto día, cuando tan sólo restaba la testa de ser eliminada, alguien, finalmente, preguntó por el muerto.
Llamaron al timbre, dos veces. Por la mirilla, al otro lado de la puerta, se veía un hombre ya mayor, con gafas de sol y semblante apenado. Desligando aquella visita de su crimen abrió la puerta confiado y preguntó al desconocido qué deseaba.
Éste le contó que desde hacía un par de semanas se había quedado solo en el mundo, que el ser que guiaba sus pasos había desaparecido sin dar señales de vida y que desde entonces nada tenía orden ni sentido para él. Desde aquel día iba casa por casa preguntando si alguien sabía algo de quien por él preguntaba.
Silencio fue lo único que obtuvo como respuesta.
Sin más asió con fuerza su bastón, dio media vuelta y comenzó, con lentitud y cuidado, a descender por las escaleras mientras un portazo tenue le despedía.
No había llegado aún al primer descansillo cuando de nuevo la puerta se abrió. La conciencia del asesino había sido la única testigo del crimen y le forzó a declararse culpable ante la real víctima del asunto.
Así, bolsa negra en mano, llamó al hombre desolado.
- ¡Oiga, buen hombre, espere! Yo sé algo de por quién usted pregunta. Bueno, en realidad, lo sé todo. No espero que me perdone y ni tan siquiera se lo pido, pues sé que es horrible lo que hecho, pero acépteme al menos que le devuelva, como señal de arrepentimiento, la cabeza de su perro lazarillo.