Por mucho que nos queramos,
en la vida no hay más tiempo
para darnos.
Y tras la muerte
ni amor, ni tiempo, ni nada,
seguramente.
(Jesús, ábrenos el cielo
a los que, entre duda y duda,
por un minuto creemos.)
Por mucho que tu amor sea
y tanto o más
yo te quiera,
nuestras bodas de platino
tendremos bajo la tierra.
En El Burdel de Apolo se paga al contado y por adelantado: un verso, una nota, un esbozo… Las Musas harán su trabajo —una experiencia inolvidable—.
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domingo, 4 de julio de 2010
lunes, 21 de junio de 2010
miércoles, 28 de abril de 2010
COPLILLA
El inventor del tiempo
ya había inventado el mundo,
ambos por aburrimiento.
¡Que Dios nos libre del mal
de un inmortal complacido
con su eternidad!
ya había inventado el mundo,
ambos por aburrimiento.
¡Que Dios nos libre del mal
de un inmortal complacido
con su eternidad!
martes, 27 de abril de 2010
RETRATO: INFANCIA
A la tarde, junto al pozo
barroco y artificial.
Solo el agua de mi gozo
a la sombra del parral.
A la tarde, con mi infancia
desnuda por los olivos,
rezumando la fragancia
de los amores esquivos.
En un escenario urdido
sobre andamios de recuerdo
cada amanecer perdido
súbitamente me pierdo.
Acá mi abuela, regando
las flores de sus macetas,
cada paso recordando
tradicionales recetas.
Allá mi abuelo, en camisa,
con la azada sobre el barro,
esbozando una sonrisa
tras el humo del cigarro.
Un sol de justicia. Agosto.
La plenitud del verano
madura campos de mosto
con paciencia de artesano.
Noches de raso y estrellas
de blanca caligrafía
cuajan las horas más bellas
de toda mi biografía.
Un olivar encantado.
Un río de ardiente orilla
y caudal acompasado.
Una colina amarilla.
Un camino serpeante
entre las siembras, y luego
un sol bajo y jadeante
en cielo de puro fuego.
Un pueblo de cal y luna
y sombra en las celosías.
Requiebros de amor. Fortuna
de Tenorio: Fantasías.
Ya dos corazones reos
de las redes de Cupido
dan al aire sus deseos…
Nunca me di por vencido
en mi afán de eternizar
lo que siempre terminaba
en desahogo epistolar.
Cada noche me acostaba
soñando con la mocita
con que todavía sueño
(más que por su faz bonita
por un nostálgico empeño),
con los oídos turbados
por la voz del embeleso
y los labios requemados
por el fantasma del beso.
La alondra de la mañana,
frente a la luz del estreno,
canta junto a mi ventana.
Ya se platea el centeno.
Y luego de pronto Dios,
en el silencio de un mundo
solamente para dos,
asoma por un segundo.
La esperanza de la aurora,
si acaso una vez se pierde,
deja un temblor a deshora
y un presentimiento verde.
* * *
Aquí mi abuela, hilvanando
pensamientos a la umbría
de los sauces, afinando
las cuerdas de su alegría.
Mi abuelo al trasluz —allí—
titán del hacha y la leña,
el primer héroe de mi
mitología pequeña.
Acequia de curso ufano,
idolatrada frontera
de mi horizonte lejano,
¿vuelves esta primavera?
Molino desvencijado
por aires de una centuria,
¿de tu única aspa un soldado
harás, que luche con furia?
Datilera adolescente,
inesperado vergel
al discurrir de la fuente,
¿guardas mi secreto fiel?
Ya dos voluntades presas
del capricho de Afrodita
juran eternas promesas
que luego el tiempo marchita.
Desatendiendo a razones
—impropias siempre de Amor—
se da con las ilusiones
en el pozo del dolor.
El recuerdo es disciplina
que requiere escepticismo
para fundar su rutina.
A mí ya me da lo mismo
que el transcurso de los años
me pueda echar a perder:
brilla entre mis desengaños
mi paraíso de ayer.
barroco y artificial.
Solo el agua de mi gozo
a la sombra del parral.
A la tarde, con mi infancia
desnuda por los olivos,
rezumando la fragancia
de los amores esquivos.
En un escenario urdido
sobre andamios de recuerdo
cada amanecer perdido
súbitamente me pierdo.
Acá mi abuela, regando
las flores de sus macetas,
cada paso recordando
tradicionales recetas.
Allá mi abuelo, en camisa,
con la azada sobre el barro,
esbozando una sonrisa
tras el humo del cigarro.
Un sol de justicia. Agosto.
La plenitud del verano
madura campos de mosto
con paciencia de artesano.
Noches de raso y estrellas
de blanca caligrafía
cuajan las horas más bellas
de toda mi biografía.
Un olivar encantado.
Un río de ardiente orilla
y caudal acompasado.
Una colina amarilla.
Un camino serpeante
entre las siembras, y luego
un sol bajo y jadeante
en cielo de puro fuego.
Un pueblo de cal y luna
y sombra en las celosías.
Requiebros de amor. Fortuna
de Tenorio: Fantasías.
Ya dos corazones reos
de las redes de Cupido
dan al aire sus deseos…
Nunca me di por vencido
en mi afán de eternizar
lo que siempre terminaba
en desahogo epistolar.
Cada noche me acostaba
soñando con la mocita
con que todavía sueño
(más que por su faz bonita
por un nostálgico empeño),
con los oídos turbados
por la voz del embeleso
y los labios requemados
por el fantasma del beso.
La alondra de la mañana,
frente a la luz del estreno,
canta junto a mi ventana.
Ya se platea el centeno.
Y luego de pronto Dios,
en el silencio de un mundo
solamente para dos,
asoma por un segundo.
La esperanza de la aurora,
si acaso una vez se pierde,
deja un temblor a deshora
y un presentimiento verde.
* * *
Aquí mi abuela, hilvanando
pensamientos a la umbría
de los sauces, afinando
las cuerdas de su alegría.
Mi abuelo al trasluz —allí—
titán del hacha y la leña,
el primer héroe de mi
mitología pequeña.
Acequia de curso ufano,
idolatrada frontera
de mi horizonte lejano,
¿vuelves esta primavera?
Molino desvencijado
por aires de una centuria,
¿de tu única aspa un soldado
harás, que luche con furia?
Datilera adolescente,
inesperado vergel
al discurrir de la fuente,
¿guardas mi secreto fiel?
Ya dos voluntades presas
del capricho de Afrodita
juran eternas promesas
que luego el tiempo marchita.
Desatendiendo a razones
—impropias siempre de Amor—
se da con las ilusiones
en el pozo del dolor.
El recuerdo es disciplina
que requiere escepticismo
para fundar su rutina.
A mí ya me da lo mismo
que el transcurso de los años
me pueda echar a perder:
brilla entre mis desengaños
mi paraíso de ayer.
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